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La luz de María PDF Imprimir E-mail
Domingo, 21 de Febrero de 2010 00:00

La Tribuna de Toledo digital

 

marta garcía / toledo
La imagen de una niña de doce años vestida de oscuro para camuflarse del enemigo resulta chocante, pero impacta más cuando carga con una potente ametralladora o un usado ‘kalashnikov’. La estampa se vuelve aterradora. María pudo ser una de tantas niñas soldado que desafían a la cámara con la mirada porque el miedo se rumia en las entrañas. Esta joven colombiana, de 25 años, muestra un rostro aniñado y curtido por la guerra que se quiere alejar de sus vivencias de adolescente sin abandonar el compromiso de hacer público su condena a la utilización de niños y niñas soldados en los conflictos armados de Colombia.
«Para mí un arma era algo normal porque la única fuerza pública y la única ley eran las guerrillas». A María no le gusta hablar de su pasado, pero sabe que es un buen modo de denunciar una situación que comparten más de 10.000 niños en este país a pesar de que el gobierno colombiano no admita que existen enfrentamientos armados en las fronteras e intente disimular las cifras rebajando el número de niños soldado. En las zonas rurales los grupos ilegales cobran mucha más fuerza. «En el campo no hay mucha educación, el Estado no brinda seguridad a los maestros ni a los médicos y la única salida son las guerrillas».
Las dificultades económicas suelen empujar a las familias a consentir que sus pequeños ingresen en estas filas a cambio de dinero, pero los grupos ilegales también realizan batidas de cuando en cuando para reclutar a niños y niñas que, en muchos casos, no cuentan más de doce años. «Cuando éramos más pequeños nuestros padres nos escondían cuando llegaban los guerrilleros, pero al final se van haciendo a la idea de que es algo normal que se los lleven a la fuerza o que ingresen dada la situación».
María tenía doce años cuando ingresó en uno de estos grupos. Prefiere no dar más datos por una cuestión de seguridad. El adiestramiento y la disciplina comulgan con el terror a los enfrentamientos y a la jerarquía del campamento. Los días resultan agotadores cuando hay que cargar con el equipaje o tocan largas caminatas. Otros resultan inimaginables si se entra en combate. El fuego, la adrenalina, las heridas y la muerte también acompañan a unos niños que, en la mayoría de las ocasiones, apenas pueden con el peso de unas armas que han pasado por muchas manos. «A los grupos armados les da igual si el niño lleva el arma arrastrando porque es muy pequeño o si el adulto la lleva bien colgada». Nadie mira si un pequeño está cansado de hacer guardia, de traer leña, de ir de un sitio para otro como correo o de cocinar para los miembros de su grupo.
El reclutamiento militar de niños y adolescentes es una práctica habitual de los ejércitos irregulares, como en las Fuerzas Revolucionarias Armadas de Colombia, las famosas FARC, pero numerosas organizaciones no gubernamentales también llevan años denunciando que el Ejército de Liberación Nacional (ELN) viola sus propios reglamentos de no reclutar a jóvenes menores de quince años, al igual que ocurrre con el ejército vinculado al Gobierno, que suele utilizar a estos niños para tareas relacionadas con la inteligencia y la información. Pero en estos casos es más difícil probar esta situación por la falta de pruebas. Las contraprestaciones económicas y la ropa son el ‘regalo’ que reciben muchos de estos menores si ingresan como soldados.
Casi todos los niños y las niñas aprenden a cargar y descargar las armas, a actuar en caso de enfrentamiento con otros grupos, a coser una herida y poner un suero intravenoso... Unos primeros auxilios vitales en los campamentos. Otros muchos menores son drogados con frecuencia, aunque a María nadie la obligó a consumir sustancias durante estos cuatro años pese a que los grupos armados se financian a través del narcotráfico y la droga está arraigada en la guerrilla.
«También te enseñan a ir muriendo poco a poco porque no es vida para un menor de edad», comenta María. «Pero se pasa mucho miedo y llegas a pensar y dar gracias a que muere el que tienes enfrente y no tú en un enfrentamiento. La muerte se espera a cualquier hora y resulta imprescindible saber si te toca hoy o mañana».
La joven apenas relata experiencias de sus cuatro años como niña soldado y su cara se arruga buscando a una amiga colombiana del Servicio Jesuita a Refugiados para salir de las preguntas incómodas.
-¿Qué recuerdas con mayor crudeza de aquella etapa?
-Prefiero no contestar porque son tantas experiencias...
A cambio, María explica que en los grupos armados «no existen diferencias entre niños y niñas», aunque ellas se suelen llevar la peor parte porque en, muchos casos, son violadas dentro del campamento y las obligan a abortar, las someten a abusos sexuales y a vejaciones. Por suerte, ella no tuvo ese problema, aunque también sufrió abusos hacia su niñez. «Allá no eres una mujer ni una niña. El trabajo y las obligaciones son iguales para todos, así que asumes un rol masculino y te conviertes en un soldado más de la estructura armada».

inserción. María consiguió desvincularse del grupo armado a los 16 años porque no soportaba el trato de sus superiores. «Mi cuerpo estaba cansado y sentía un peso muy grande en la espalda. Estaba hastiada de tanta violencia y no quería seguir viviendo así». Ella lo logró, pero sólo el 20% de los adolescentes que quieren dejar las armas consiguen hacerlo y seguir con vida. «No existe la posibilidad de decirle al comandante que te quieres ir». La deserción se paga con la muerte y muchos menores han sido asesinados durante su huida, aunque otra buena parte ha terminado muriendo en un enfrentamiento. «Es muy triste que las familias de estos chicos no conozcan dónde están sus hijos porque muchos fallecen mientras ellos siguen pensando que sus pequeños continúan trabajando en esto».
María no entra en detalles sobre su desvinculación, pero reconoce que dentro de un grupo armado no se cuenta con apoyos. «Allí no existe la religión, ni Dios, ni familia, y ni mucho menos, amigos. Lo único que te queda es cierto compañerismo por la cantidad de horas que pasas con algunos, pero no puedes confiar en nadie ni comentar que te quieres escapar porque te pueden delatar».
Abandonar las armas no resulta fácil, pero tampoco la reinserción es un camino sencillo porque ofrece dificultades por el intenso rechazo social y la falta de buenos programas de protección por parte del Gobierno colombiano. En su caso no se ha llegado a ‘desenganchar’ del todo de este mundo porque ahora se dedica a trabajar en el programa ‘sembrando vida’, con la Fundación Benposta, para apoyar a las jóvenes que han vivido conflictos armados. «Las secuelas y las experiencias suelen ser más duras que las de los chicos y ellas necesitan recuperar su identidad como mujer».
Cada vez que María conoce a una joven que se ha renunciado a seguir siendo niña soldado se ve a sí misma y siente que necesitan apoyo y una dedicación personal e individualizada. «Es muy agradable sentir que hay organizaciones que quieren ayudar y que están haciendo muchas cosas». Quizá olvidar lo vivido sea imposible y a muchos de estos jóvenes los señale la sociedad cuando enseñan las cartas de identificación que reciben en el programa de desvinculación, pero quieren arrinconar unas vivencias marcadas por el peso de las armas.    

 

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