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ElDiaDigital.es
Noelia Molina
Este verano han llegado a la provincia 86 niños saharauis, esto supone quince niños menos que el año anterior.
Desde el campo de refugiados hasta el aeropuerto un viaje de dos horas en un camión militar. Después, una espera de 13 horas antes de coger el avión. Cuando éste aterrizó en Alicante, sobre las 8 de la mañana, un autobús les llevó hasta Herencia (Ciudad Real). De allí, viajaron también en bus hasta Villanueva de la Jara, adonde llegaron a las nueve de la noche. Y, finalmente, a las 11 cruzaron la puerta de la que, durante unos meses, será su nueva casa. Todo ello, con un par de zapatos rotos, pero eso sí, con algo de tacón porque Sulmana es una niña muy coqueta. Así describen Luz Perales y Juan Manuel Bachiller el largo itinerario que esta niña saharaui tuvo que realizar hasta llegar a Cuenca. Sulmana es una de los 17 niños que van a pasar el verano en la ciudad de Cuenca, en toda la provincia serán 86, unos 15 menos que el año anterior, y es el tercer año que convivirá con esta familia. Para este matrimonio conquense, que tiene además otros tres hijos (Daniel de 15 años, Carmen de 14 y Marina de 10), ésta es una experiencia extraordinaria. Aseguran que les ha servido para enriquecerse, para aprender, tanto de nuestra sociedad como de la suya. Emocionados recuerdan la primera vez que vieron a la niña "pesaba 14 kilos, vestía la misma ropa que un bebé de tres años y tenía un desarrollo de cuatro aunque en realidad cumplía ya siete". Por ello, consideran que estos meses también sirven para que Sulmana recupere fuerzas para pasar el resto del año en el desierto. También aprenderá y verá cosas nuevas y que, para nosotros, pueden resultar cotidianas como qué es un semáforo, un paso de cebra o cómo funciona un grifo. Afirman que acogen a la niña porque lo consideran un acto de solidaridad y responsabilidad social con respecto al pueblo saharaui. Luz cuenta que se animó a acoger a un saharaui porque escuchó en la radio que había pocas familias y que, como consecuencia, algunos iban a ser devueltos a su lugar de origen: uno de los peores desiertos que existen en África. Además, no tienen un territorio reconocido y viven en campos de refugiados. Por ello, Juan M. asegura que "están condenados a vivir de la caridad o a sucumbir en la miseria". Pero pese a ello, aman a su pueblo y sus familias por encima de todas las cosas. De manera que, cuando acaba el verano, regresan felices. "No es cierto que los niños vuelvan tristes o apenados porque, aunque aquí tienen todas las comodidades del mundo y todos los cuidados y atenciones que allí no pueden tener, su hogar está allí" declara Juan. "No hay nada más grande que una familia y su familia está en el desierto" añade Luz. Además, ambos están de acuerdo en que “conocer lo bueno nunca perjudica, sino todo lo contrario: puede ser un impulso y una motivación para querer mejorar en el futuro”. Por todo ello, cuando llegue septiembre, empiece el colegio y Sulmana tenga que regresar tanto Juan como Luz están seguros de que lo hará muy contenta y, al menos, con un par de zapatos nuevos. |